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Periodismo y literatura
Diario El Universal. 26 de mayo de 2001.

El jueves pasado dije en la Universidad de Cartagena que el periodismo es un género literario. El redactor de una noticia, en verdad, hace una representación de la realidad, muestra su punto de vista, y allí entran en juego la subjetividad como la creación de quien redacta. Siempre habrá en el periodismo algún grado de subjetividad, que no tiene que ser, forzosamente, malo o nocivo: lo literario es más cercano a la belleza y a lo estético, que a la mezquindad o al fiasco.

 

Los recursos narrativos ayudan al periodista a contextualizar el acontecimiento que ya sido divulgado por la radio o la televisión, permiten abordar temas que parecerían casi imposibles de tocar frontalmente e inducen al leyente a participar del texto. La realidad se concreta en la imaginación y por eso un artículo, realmente, se completa cuando el receptor lo desbarata, lo compacta y lo asimila en la lectura. Al transponerse la información con las herramientas literarias se invita a quien lee a trabajar, a sentirse coautor, a que puede retroalimentar mejor al resto de los descifradores y al autor mismo.

 

Quien escribe acepta un llamado interior y además las responsabilidades que acarrean atenderlo. Este es otro rasgo común entre literatura y periodismo. No todos sienten esa convocatoria para escribirles a los demás, ni todos los emplazados la aceptan. Si se accede, se asumen grandes compromisos consigo mismo y con el colectivo, como usar la palabra de buena fe —igual que un médico utiliza el bisturí para extirpar un mal orgánico y no para quitar la vida—, preferir el bien común al individual y propender honradamente con el progreso. No sé si he cumplido con todo eso, pero, en lo personal, he buscado que estos textos semanales no sean un objeto para ser apreciado por los demás, sino, más bien, un lugar donde se pueda pensar y discutir. 

 

Si hay problemas en Colombia con el oficio de opinar, quizá esté ligado a la nueva crisis de valores. Cuando se escribe para defender un interés particular, por ambición o por mezquindad, es difícil bien asumir las responsabilidades inherentes. Frente a esto, la esperanza está en el fortalecimiento ético de quienes escriben para los demás, sea desde las universidades o desde los hogares.

 

Parece que a medida que fuimos aumentando la velocidad de nuestro vivir, el aderezo literario empezó a paliarlos el vértigo. Ya se ha dicho algo sobre esto, que es la tendencia desde finales del siglo XIX, cuando iniciaron las transmisiones a distancia y arrancaron las crónicas José Martí. La presente cultura de lo inmediato tal vez está incidiendo para que la prensa actual pueda ser más subjetiva o, si se quiere, más literaria: el público quiere saber al momento cómo fue la secuencia de hechos, cómo era el cielo, el rostro de la gente, a qué olía el entorno, qué piensan los demás.

 

No puede ser casualidad que lo mejor de la narrativa casi siempre fuera lo mejor del periodismo y viceversa: José Martí, Rubén Darío, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario, Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz, Julio Cortázar Juan Carlos Onetti, Alejo Carpentier.

 

Sí. Es como si se fraguara con la misma llama... o precisamente: como si fuera el mismo género.

 
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