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Diario El Universal. 25 de agosto de 2001.
Agosto sabe a postrimería. Septiembre, octubre, noviembre y diciembre son como un sólo mes, largo y definitivo. Es cuestión de abandonarse a un asunto por estos días para que en cualquier momento alguien nos recuerde que ya es fin de año. En el colegio, agosto era el tiempo en que nos decían que aún había oportunidad de enderezar las calificaciones en álgebra, trigonometría y en todas esas cosas que todavía no son fáciles de encontrarle utilidad, ni siquiera para llenar crucigramas. Agosto inicia un tiempo terminante, que también puede ser un tiempo para idealizar una realidad distinta y más indulgente.
El autor de Luz de Agosto, William Faulkner, dijo que la sabiduría suprema era tener sueños bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen. Faulkner parecía referirse a esa necesidad de siempre reinventar la esperanza y, en la recta final de este 2001, esa parece una de las necesidades más sensibles de Colombia: creer, no sólo que será posible el año que viene, sino que puede ser diferente y mejor; suponer que la fatal carrera de estos meses finales puede jugar a favor para terminar, o al menos empezar a terminar, tantas pesadillas sueltas por aquí, por más que parezca cada vez más difícil lograr engañarnos, nuevamente.
En este fin de 2001 es enorme el apuro para concretar avances visibles en lo económico, en lo social y, por supuesto, en el tema de la paz. Sólo tenemos palabras, lo que siendo desolador, desde un punto de vista faulkniano podría ser halagüeño. ¡Todavía tenemos las palabras!, las que en realidad apuntan a la cabeza de las personas y las únicas que pueden hacer entender que un armisticio no sólo es un momento donde cesa el combate, sino, además, una situación de garantías para que la nación mire hacía un mismo cielo y el país pueda abrirse paso en un amanecer para todos menos cruento. No tenemos nada más, pero todo se ha hecho así, de pocas cosas. De manera que esta luz de agosto, que anuncia el final del 2001, no tiene que ser la alborada de cosas, necesariamente, peores por más parezca difícil lograr engañarnos, nuevamente...
Éstas también son sólo palabras, escritas bajo la luz de un agosto colombiano incierto. Los que escriben sólo con el compromiso con la estética no son, precisamente, meras máquinas de opinar. Podrían ser más bien inventores de maneras bellas —incluso, de la bella tristeza—, de mundos soportables y pensables zurcidos quizás con retazos de esos sueños de que hablaba Faulkner. ¿Necesitaremos, todos, volver el corazón más poeta para ver con luz que nos ayude a desmentir, otra vez, a Hegel, quien decía que lo real es lo racional, o sea que cualquier cosa que existe es lo mejor? Quién sabe. Por lo pronto sigue amaneciendo con la luz de agosto... |