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Luego de unos tragos con Juan Rulfo

Diario el Universal. 26 de mayo de 2000.

El 16 de mayo regresé tarde. Mi mujer preguntó:

—¿Dónde estabas?

—En el cumpleaños de Juan Rulfo —le dije

No dijo una palabra, pero su rostro expresó algo así como: «Esa no te la creo».

En verdad, sí estuve en la efeméride del gran escritor mexicano. Ya era un enamorado del Llano en Llamas y Pedro Páramo, y para esa tarde de mayo estaba planeada una tertulia de amigos para hablar sobre los borradores de una novela que preparaba. Llegué convencido de que era el único en saber que en esos instantes el genio mexicano estaría cumpliendo 82 años de no haberlo traicionado su poeta corazón el 7 de enero de 1986. Ese convencimiento me duró unos cinco minutos. Nuestro anfitrión trajo las cervezas:

—Estas son por Juan Rulfo —dijo.

Y ahí mismo se armó la discusión sobre la vida y obra del soberbio hijo de Jalisco. Acabamos en una parranda vallenata en su honor.

José Saramago dice que «Sólo se muere lo que se olvida». Que Rulfo, sin tantos premios internacionales y apenas con dos grandes obras publicadas hace medio siglo, motive a un puñado de colombianos a brindar en su nombre un martes laborable, debe indicar algo sobre su vigorosa presencia. Él, con Alejo Carpentier, construyó un ramal por donde se desparramó después buena parte de la gran letra latinoamericana. La canonización de su obra la han otorgado los nuevos autores que aún la imitan, pues la narrativa rulfiana, que aparece casi toda en simultánea entre 1953 y 1955, en prácticamente dos obras únicas, no sólo contaminó la forma de narrar de García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, entre otras grandes plumas, sino que sigue siendo una de las mejores fuentes para beber literatura.

El hombre que una vez en el café El Ágora del sector de Barranca del Muerto de ciudad de México dijo que no seguía escribiendo porque no le daba la gana, vindicó la tradición oral mexicana que entroniza sin tapujos a la muerte en la cotidianidad. Su técnica del tiempo detenido, la reinvención de la realidad a partir de lo invisible, su invicta palabra descriptora y el silencio de sus personajes, redimió —como pocos— la voz literata de la América española ante el mundo. El final de Pedro Páramo: «Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro; pero sin decir una palabra (…) y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedra», es solo una variante de su permanente encomio a la soledad.

Aún no sé si mi mujer cree, sinceramente, sobre mi paradero aquella noche del 16 de mayo. He dicho que escribo porque me divierte y me divierte porque es la mejor forma que tengo para ejercer mi soledad, que tanto me gusta. Un encuentro, entonces, con este paladín de la interioridad siempre será tan grato como perentorio. Por eso creo que mi esposa no debería inquietarse por mi ubicación el siguiente 16 de mayo si no estoy en casa: Estaré echándome unos tragos con Juan Rulfo…

 
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