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Letras venturas
Diario El Universal. 19 de agosto de 2000.

Random House, la primera editorial del mundo en lengua inglesa, empezó a publicar directamente en internet… Las fronteras entre los géneros literarios se borran rápida y progresivamente… Stephen King prescindió de su editora, Simon & Schuster, y vendió su última novela desde su página personal consiguiendo 400.000 lectores en 24 horas… IDG Books y Universe inician la venta de libros por fragmentos e incluso pueden elaborar, a pedido, uno con retazos de distintas obras… La tinta digital convierte una hoja de papel en una pantalla…

No todo lo que dice Harold Bloom tiene que ser cierto, pero no pudo ser mejor el vocativo que escogió a principios de los noventa para definir esta actual era literaria: Edad caótica. Parodiando la clasificación de Giambatista Vico, el profesor de Yale cree que desde finales del siglo XIX inició una etapa de crisis en la literatura que precederá un nuevo ciclo y señala como el principal conflicto a una pugna entre los fines sociales y los estéticos. En sus artículos de entonces y en El canon occidental (1994), Bloom, poco amigo del cambio, no anticipó los grandes efectos de la inmediatización del mundo, que curiosamente hoy validan parte de sus hipótesis.

Pero el asunto puede ir más allá de la ideología en las plumas. Nuestra comunicación se volvió audiovisual y hoy se impone la cultura de las pantallas. Cada vez tenemos menos palabras y más imágenes deshaciendo el proceso de dar vida a los habitantes de la mente a través de un rótulo hablado o escrito, lo que conlleva a lo más funesto que puede tener esta edad confusa: tenemos un acontecer “ludofílico” que promueve un pensamiento tan plano como las pantallas de los mejores televisores de hoy. Gracias a Dios hay supervivientes de la buena letra, pero hasta los «pesos pesados» hoy parecen sucumbir a la tendencia audiovisual.

Mientras haya un hálito humano, la poesía y la narración prevalecerán. Si hay un mañana, poesía y narración estarán allí. Pero las letras que han de venir estarán modificadas profundamente y tal parece que nos acostumbraremos a escuchar a nuestros bardos desde los monitores. De seguro el arte seguirá encontrando maneras para sortear la forma y transmitir el fondo complejo, sensible y etéreo de los dibujos que componen la esencia y el ánima, en contraposición a los creados por los pizarrones de litio o de cristal.

En Colombia la buenaventura de las letras no es menos azarosa. Las encuestas de Fundalectura y El Mundo al Vuelo indicaban a principio de los noventa que un colombiano leía cerca de 3 libros por año –contra 13 de un europeo- y que la mayoría buscaba «conocimientos». Los más recientes sondeos son mucho más pesimistas. Es deseable que en los colegios se afiance la lectura, imprescindible para la escritura, pero que además se muestre que se puede —y tal vez se debe— llegar a los libros por puro placer porque la literatura sólo sirve para entender mejor el eco de nuestras cavilaciones. Para nada más.

 
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