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Diario El Universal, 3 de octubre de 2004
Difícil evadir aquella perturbación rumbo al hogar de María del Carmen Gómez. Un profano consiguió cita con la mujer que a sus 22 años había puesto proa entre millones de documentos del Archivo General de Indias para escribir el hasta ahora más riguroso libro sobre la época de Pedro de Heredia. No había nada que hacer. Allí, en la calle Fernando Villalón, frente al piso de la actual subdirectora del departamento de Historia de América de una Universidad que acaba de cumplir 500 años, sólo quedaba resignarse a la suerte de los condenados y luego timbrar.
Las alumnas de María del Carmen la describen como meticulosa, detallan que no es raro sorprenderla trabajando a la una de la madrugada en su departamento. Sus decenas de grandes publicaciones, que involucran la historia americana desde los Estados Unidos hasta la Argentina —aunque el asunto que domina su corazón sea Cartagena —, son apostilladas con referencias profusas y terminantes.De manera que, al final de las lecturas previas sobre el personaje a visitar, fue inevitable zurcir aquella terrífica visión de un ser ceñudo e inaccesible, sin tiempo para hablar nada distinto a las honduras de la Historia, una cierta hechura entre Pierre Vilar y Sartre. En ello consistía mi perturbación acompañante esa noche mientras caminaba por la calle Fernando Villalón de Sevilla.
De súbito tras la puerta del departamento 4 E apareció la pelirroja con ojos aceitunados como un torbellino de palabras:
—¿Qué hay? ¿Qué es de Jaime Trucco? ¿De Adolfo Meisel? ¿De Alfonso Múnera?
Quién sabe cuantos segundos pasaron entre aquel viento tranquilizador. De un momento a otro me vi sentado en un sillón con una copa de Rioja en la mano derecha y brindé como viejo conocido. ¡Estaba en puerto seguro a orillas del Guadalquivir!
No digáis que agotado su tesoro / de asuntos falta, enmudeció la lira
Gustavo Adolfo Bécquer nació en la calle Ancha de San Lorenzo de Sevilla —actualmente calle Conde de Barajas—, a unos diez minutos en auto del departamento de Carmen —así prefiere que le llamen—, y ahora, al rememorar este encuentro con ella, al escribir muy cerca de la Catedral sevillana sitiada por golondrinas, el enorme poeta afligido por dolencias físicas y emocionales emerge irrefrenable.
Con interés creciente Carmen oyó una a una las motivaciones de aquella visita, los detalles del ensayo «Entre las huellas de la India Catalina», las vicisitudes para contactarla. Al conocer que soy médico habló reposada sobre la recién y lánguida muerte de su madre y de su triunfo actual sobre el cáncer de mama. De vuelta a los temas de Cartagena hubo un momento en que desapareció su sonrisa invencible:
—¡Joder! ¡Y hasta han pensao que he olvidao a Cartagena!
Visiblemente afectada bebió del Rioja antes de agregar:
—Me muero por volvé.
Es apenas natural. El historiador se bate a muerte contra el olvido, la tergiversación o la indiferencia. En estos momentos María del Carmen Gómez, entre otras cuestiones, trabaja con María Salud Elvás sobre la vida cotidiana de Cartagena de Indias en el siglo XVI por lo que la posibilidad de que hubiese desechado a la ciudad de Heredia le parecía poco más que una afrenta.
Por cierto, al detallar sobre este distinto y complicado estudio, me parece que Carmen Gómez ha parafraseado con tino la «Rima IV» de Bécquer:
No digáis que agotado su tesoro / De asuntos falta, enmudeció la lira.
Estos días azules y este sol de la infancia
Antonio Machado vio la luz por primera vez el 2 de julio de 1875 en el Palacio de las Dueñas en Sevilla, al norte de la calle Fernando Villalón. Luego de oír —y sobre todo ver— a Carmen es obvio que muchos de los versos del vate sevillano tintinan en las palabras con las que ella evoca a Cartagena. Se conoció que pocos días después de la muerte del bardo, José Machado encontró en un bolsillo del gabán un papel que contenía su último verso:
Estos días azules y este sol de la infancia.
Con parecida tesitura Carmen evoca sus primeros minutos en la Cartagena de los años ochenta. El avión llega muy temprano, son cerca de las seis de la mañana, se supone que debe dormir, pero al llegar al Hotel Caribe fue categórica:
—Yo esperé muchos años pa llegá a Cartagena y ahora mismo me voy a conocerla ¡Aunque sea sola!
Divertida observa como el taxista abre la cajuela con un destornillador. Finalmente se va desposeída por las calles bajo un cielo y un sol tan inmemoriales como los de Machado, entre las murallas y construcciones mudéjares nuestras que incuestionablemente no han partido de su añoranza jamás. Esa noche, en su departamento, acordamos reunirnos en la mañana del jueves en el Archivo General de Indias.
El Archivo es único en el mundo. La colosal empresa del Rey Carlos III contiene, como ningún otro, los registros de casi todo lo concerniente a los asuntos judiciales y civiles de Las Indias desde la Conquista. Pasados tres días de maravillosos avances en colaboración con las alumnas de Carmen, llegamos a un punto muerto en torno a una de las preguntas pendientes por resolver. A las once de la mañana nuevamente apareció el torbellino de los ojos aceitunados y el pelo rojizo. Todo el mundo se moviliza a saludarla. Ella se sienta a mi lado frente a un ordenador del Archivo. Con tantos asuntos trascendentes que atender en su vida y en su oficio, allí estaba María del Carmen Gómez en cuerpo y alma para cumplir su palabra. Han cambiado la interfaz del software de búsqueda. Le basta con enarcar las cejas mirando a la persona más antigua del Archivo para que corra a dar explicación. Entonces Carmen acomoda sus manos en el teclado y sus dedos hacen aparecer el dato que hace retomar el camino: Nuestro Alonso Montes es Alonso Montes de Heredia, el pariente de Don Pedro con quien casaría la india Catalina. Como debía ser, sin siquiera mirarme, dijo:
—¡Cópialo! ¡Y creo que debes leerte estas otras tres referencias más!
No hay duda. Esa fue una mañana azul y soleada de Sevilla difícil de olvidar.
¡Cuánto esta luz de otoño os hermosea!
Luis Cernuda llegó al mundo aquí en Sevilla el 21 de septiembre de 1902 en la calle Conde de Tójar —hoy calle Acetres—, igual al norte del centro histórico por donde atarugado vi pasear a las imponentes andaluzas de mirada penetrante, hermosísimas dueñas de su mundo y del nuestro, todas altaneras, trigueñas o bruñidas, ¡Ay! ¡Ese es otro tema!
La segunda y última visita al departamento de Carmen fue más desenvuelta. Tras volver a conversar sobre Pedro de Heredia y Catalina, tocamos la situación política de Colombia, su gusto por la música colombiana, incluido el vallenato, y claro, otra vez, su amor por Cartagena.
Con tanta soltura en la charla hasta llegó a platicar sobre su apacible e irrenunciable vida de soltera en Sevilla. Apenas me animé a comentarle sobre su apariencia fresca y graciosa, a lo que respondió:
—Pues, claro que estoy bien mona.
Simplemente callé. Aunque me hubiera gustado ratificarla con un verso de Cernuda:
¡Cuánto esta luz de otoño os hermosea!
—Yo me vuelvo a Cartagena pa hacer lo quieran que haga por allá —insistió.
Esto es más que un acto de generosidad. Se trata de una oportunidad irrenunciable que convida una de las autoridades mundiales de la Historia de América. Una incansable investigadora que a los 25 años escribe un tratado hoy todavía flamante sobre la historia de Cartagena, ¿cuánto conocimiento no podrá regalarnos con tres décadas adicionales de estudios ininterrumpidos?
Acabó el Rioja. Era la hora de partir. Tras despedirnos volví a caminar perturbado por la misma calle Fernando Villalón. Esta vez con una tristeza muy parecida a aquella con la que se abandona a la gente entrañable.
Hernán Urbina Joiro
Sevilla, 23 de agosto de 2004.
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