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GALERÍA

Cuadros
Diario El Universal. 11 de septiembre de 2001.

 

Los niños que van a jugar a mi casa se embelesan con el cuadro del maestro Germán Morales que está en el recibidor. Es una pintura impresionista de una muchacha con un capirote blanco y, aunque Morales dice que el fondo corresponde al patio de su casa en Chimá, igual podría pasar por cualquier paisaje rural francés del siglo XIX, soleado y rizoso, como son casi todos los panoramas impresionistas. El asunto es que de muy cerca, desde donde les gusta verlo a los niños, tan sólo se advierten innumerables pinceladas, recogidas y multicolores. Sabrá Dios qué cosa ven a esa distancia. Pero a ellos parece ocurrirle lo que a un adulto cuando se topa con una buena obra: no la pueden olvidar.

 

Son muchos los cuadros inolvidables que cualquiera puede tener siempre revoloteando en su cabeza. Yo tengo tres. Dos eran retratos de autores ignotos colgados en la casa de mi abuela materna en la Guajira. En uno se veía un Cristo con sus estigmas en las manos, rodeado de sombras apenas desgarradas por fulgores, al mejor estilo de Caravaggio, el inventor del «tenebrismo». Evocar ese cuadro todavía me confronta con mis propias sombras y, por alguna razón, con el destino mío y el de las personas que más quiero, a pesar de haber conocido las pinturas religiosas de El Greco y Tiziano en San Lorenzo del Escorial.

 

El otro es un paisaje de camino. Quien lo haya hecho debió conocer bien «el rococó», pues era casi una variación de una de las Fiestas Galantes: recreaba un mundo melancólico con algunas personas vestidas en lo que sería satín. Recordarlo tantos años después aún me hace sonreír y reconocer mi caminar más optimista. La tercera imagen es la reproducción de Las damiselas de Avignon que vi por primera vez en un impreso del Libro gordo de Petete. Fue un encuentro con algo terminantemente feo pero dominador. Ese dibujo de Picasso, que demostró que el buen arte no tiene nada que ver con el primor, me perturba de manera distinta cada vez que lo vuelvo a ver.

 

Por mi ignorancia en el tema sí que funciona de maravilla el consejo de sólo apreciar una obra por la fuerza que tiene, por el lugar de la emotividad a que nos lleva, por la intensidad con que motiva a vivir por unos instantes de una forma distinta. Aí son las cosas. Al pararnos delante de un cuadro, en realidad, pueda que no veamos al cuadro mismo, sino que él nos haga ver dentro de nosotros.

 

Entre las aspiraciones que tenía para cuando fuera grande y tuviera tiempo y dinero suficiente, —todas tres, posibilidades distantes— estaba la de conocer y coleccionar buen arte. Y como el que no tiene perro caza con gatos, tengo por lo pronto algunas reproducciones suficientemente estimulantes. Una está colocada en la alcoba. Es un desnudo pintado por Diego Rivera donde aparece de espaldas, Frida Kahlo, abrazando un manojo de cartuchos. Hasta ahora el cuadro sigue funcionando bastante bien...

 
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