Bibliografía

Bibliografía sobre Hernán Urbina Joiro

CARTAGENA DE INDIAS EN EL SIGLO XVI

La mesa redonda en torno a la India Catalina y que generó los textos para esta obra (Cartagena en el siglo XVI) giró, fundamentalmente, sobre las informaciones que aporta el libro "Entre las huellas de la India Catalina", de Hernán Urbina Joiro (1996).
 

EX PRESIDENTE COLOMBIANO ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN COMENTA "ENTRE LAS HUELLAS DE LA INDIA CATALINA" DE HERNÁN URBINA JOIRO

 

 


Ex presidente de Colombia, doctor Alfonso López Michelsen.
 

APARTES DE SU COLUMNA "FRENTE AL ACUERDO HUMANITARIO: ¿CÓMO DESEMPANTANAR?".

El relevo de cerebros tan valiosos se ha cumplido en forma extraordinaria, gracias a la producción literaria de autores como Hernán Urbina Joiro, de Valledupar, y Luis Villar Borda, de la Universidad Externado de Colombia, y varias producciones recientes de doña Flor Romero, quien se ha propuesto rescatar cuentos y leyendas de nuestro pasado, a tiempo con la biografía de las mujeres más notables de nuestra historia.

Merecen especial mención, en el mismo orden de ideas, el rescate de la biografía de la India Catalina, legendaria fundadora de Cartagena, y el paralelismo entre Donoso Cortés y Carl Schmitt. Son trabajos de investigación en los que nadie antes se había comprometido con tanto empeño.

En el caso de la India Catalina, por ejemplo, se tenía noción de su existencia por el monumento a su memoria en la ciudad de Cartagena, pero acerca de su tormentosa existencia, su condición de haber sido la primera secuestrada de nuestra historia en el siglo XVI y el haber desempeñado una función de intérprete semejante a la de La Malinche mexicana, han permitido, tras un minucioso estudio en Colombia y en España adelantado por el doctor Hernán Urbina, despertarnos un renovado interés por figuras tan anónimas ayer, como la heroína de Galerazamba.

En el momento por el que atraviesa Colombia, todos estos escritos, como los de sus antecesores en el manejo de la pluma, nos distraen de la dura realidad, transportándonos mentalmente al reinado de la imaginación y de la fantasía, tan grato como ameno. Coinciden cronológicamente en el mismo amargo escenario en que vivimos, dentro de un proceso tan estéril como ha sido el de "desempantanar" el Acuerdo Humanitario, congelado por los insucesos de los últimos meses. 

Diario El Tiempo, 20 de agosto de 2006
ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN.

EX PRESIDENTE ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN RESPALDA PROPUESTA DE HERNÁN URBINA JOIRO PARA UN "QUINTO AIRE VALLENATO".


Ex presidente de Colombia, doctor Alfonso López Michelsen.

 

FIN DE UNA TRADICIÓN Y COMIENZO DE UNA ERA

Confieso mi desconcierto cuando, al asignarse los temas del Festival de la Leyenda Vallenata, me correspondió el discurso de clausura, tras ocho horas de la mesa de trabajo con que se proyectaba iniciar el evento. Qué podría yo decir de nuevo sobre el tan trajinado tema del vallenato, el más característico aire nacional con un inmenso poder de convocatoria?

Confieso mi desconcierto cuando, al asignarse los temas del Festival de la Leyenda Vallenata, me correspondió el discurso de clausura, tras ocho horas de la mesa de trabajo con que se proyectaba iniciar el evento. Qué podría yo decir de nuevo sobre el tan trajinado tema del vallenato, el más característico aire nacional con un inmenso poder de convocatoria?.

Se les iba a tributar un homenaje de reconocimiento a quienes habían concebido la institución del Festival y no era, sin una gran nostalgia íntima, que yo iba a tomar la palabra. Había sido el mayor en edad cuando, junto con Consuelo Araújonoguera, Myriam Pupo de Lacouture y Rafael Escalona, optamos por hacer de la tradicional fiesta religiosa de Valledupar una fiesta profana, destinada a exaltar a los ejecutores y compositores del vallenato, en un concurso que fue cobrando una gran popularidad. Pero, ahora, por esas jugadas del destino, solo sobrevivimos Rafael Escalona, en delicado estado de salud, y el suscrito, a quien le correspondería, como sobreviviente, llevar la palabra a nombre de los fundadores.

Pronto me di cuenta de que no se iba a tratar de la clausura del evento de aquel día, sino de la clausura de una era, de una época, que, con justicia, debería llevar el nombre de Consuelo Araújonoguera, quien, por casi cuarenta años, consagró su actividad cultural a exaltar los valores autóctonos y a revestir el Festival de la Leyenda de una aureola incomparable.

Con su muerte y con el traslado de las ceremonias de la Plaza Mayor, que lleva el nombre de mi padre, al Coliseo, que iba a inaugurarse aquella noche en el corazón del Parque de la Leyenda, quedaban atrás tantos recuerdos y tantas evocaciones que había que reanimar el espíritu para medir la magnitud del acontecimiento.

Hacía 37 años que, en un rincón de la plaza, se había premiado al primer rey del vallenato, Alejo Durán, con su composición Alicia adorada. La ciudad contaba entonces con unos 40 mil habitantes y las autoridades calculan que en esta ocasión asistieron 30 mil turistas. Una sola palabra califica a cabalidad la celebración de este aniversario: fue apoteósica .

El coliseo, que llevará el nombre de Colacho Mendoza, es, sin duda alguna, el más grande de Colombia. Quienes nunca habían visitado a Valledupar quedaban asombrados de la belleza de la ciudad.

Quienes ya la conocíamos nos sentíamos orgullosos de una realización colombiana que demuestra, quizá, más que ninguna otra, la propensión a la cultura y el arte de nuestra Patria y, en particular, de nuestra Costa Atlántica. Grande fue nuestra sorpresa al ver que la nueva era que se iniciaba aquella noche culminaba, sin ningún esfuerzo, en el traslado de la multitud al nuevo escenario que, con la presencia de Carlos Vives, estimulaba el sentimiento del futuro.

Por dos horas, el cantante samario, embajador colombiano, embelesó a la audiencia interpretando los sones clásicos de los últimos 30 o 40 años del vallenato. La multitud entusiasmada lo coreaba de pie, y el más caracterizado ambiente vallenato se abría camino en aquel parque, exactamente como en otros tiempos antes de la violencia, cuando, a partir de las cuatro de la mañana, el pilón se tomaba las calles de la ciudad y las gentes bailaban sobre el asfalto con el que se iba modernizando Valledupar.

Pero todo aquello quedaba atrás. Consuelo ingresaba a la leyenda, al tiempo con los mitológicos personajes de Escalona que se conocen en el mundo de habla hispana, como los de Walt Disney en el mundo de los dibujos animados: La Maye, Jaime Molina, El Tite Socarrás, el Cachaco Benavides, la Brasilera, etc., y los escenarios de la región, con la creciente del Cesar, la nevada, el camino hacia el norte y las sabanas, propiciaban la solidaridad humana y la legendaria hospitalidad vallenata.

Creo aquí no equivocarme al afirmar que, a pesar de ser Colombia la tierra de los festivales y de los reinados, por su atracción ninguno se compara con este evento, que en una noche del naciente departamento del Cesar inventamos cuatro ciudadanos que teníamos una fe ciega en su porvenir y ya divisábamos el emporio de riqueza que se ha ido creando a su alrededor con la exportación carbonífera.

Se impone, sin embargo, darle cabida a la modernización y renovación del festival, congregando a lo mejor del folclor colombiano alrededor de este núcleo de artistas sobrevivientes que, a la par con nosotros, evocaban la época a la que estaba poniendo fin el nuevo entorno, en donde celebramos la protocolización del vallenato como la música nacional por excelencia.

La misma que identifica a Colombia en sus cuatro ritmos tradicionales: el son, el paseo, el merengue y la puya, aun cuando ahora muchas voces quieren complementar el vallenato con un quinto son: el bolero vallenato o paseo romántico , tema que fue predominante en las mesas de trabajo.

Ya el profesor Urbina y Alfonso de la Espriella habían puesto en circulación la posibilidad de hallarle al vallenato un nuevo son romántico que, como ha ocurrido con el tango, con la ranchera y con el son cubano, invadiera otros predios del sentimiento, sin perder su identidad. Fue la tarea que, en la noche de clausura, se le encomendó a la audiencia: no permitir que el vallenato se anquilose, se estratifique, se detenga, sino que su propia evolución vaya generando variantes como las que encabezaron Gustavo Gutiérrez, Fredy Molina, Octavio Daza y el propio Diomedes Díaz.

Diario El Tiempo, 9 de mayo de 2004.
ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN.

ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN APOYA UNA VEZ MÁS LA TESIS DEL QUINTO AIRE VALLENATO PLANTEADA POR HERNÁN URBINA JOIRO

Doctor Alfonso López Michelsen
Ex presidente de Colombia, doctor Alfonso López Michelsen.

 

APARTES DE SU COLUMNA "UN AUTÉNTICO VALOR NACIONAL".

Con la muerte de Emiliano Zuleta desaparece no solamente un gran artista musical, sino que se extingue una era a la cual se asociaba su nombre en toda la región de Valledupar y Padilla. Difícil es, para quienes disfrutan del vallenato bailable, imaginar la revolución que introdujo Emilianito en los años 30, cuando optó por enriquecer el folclor con la crónica propia de un juglar. Las parrandas de la época eran ajenas a la danza y se reducían a escuchar, sentados en círculo, el relato de los episodios locales, con el rigor de un periodista.

Toda la gracia y picardía que singulariza el cantar vallenato fueron obra de Emiliano Zuleta, que le puso a la música vernácula un toque diferente al del porro, al de la cumbia, al de la puya y a otros sones costeños, más sentimentales que graciosos. Para tal efecto, apeló al vocabulario regional y nacional, con una riqueza comparable a la del erudito trabajo de doña Consuelo Araújo, que lleva por título Lexicón y que da a conocer, casi con un carácter arqueológico, los restos del castellano que todavía se usan en la Provincia.

Todo va en gustos y quién sabe si el vallenato abolerado, o el vallenato lírico o romántico, será el que perdure en notas tan afortunadas como las de Gustavo Gutiérrez y Hernán Urbina, autor del mejor estudio sobre la estructura de la música vallenata y sus rasgos característicos, que van camino de imponer este nuevo estilo entre los géneros del Festival, gracias no solamente a sus notas musicales, sino al acento sentimental de la letra.

Yo mismo, pese a mi ignorancia musical, he tomado partido por la inclusión del vallenato lírico, como algo distinto, digno de ser clasificado, y evocador, por cierto, de grandes difuntos, víctimas de la violencia, como fueron, casi en la adolescencia, Octavio Daza y Fredy Molina.

Diario El Tiempo. 6 de noviembre de 2005
ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN

 

SECRETARIA ACADÉMICA DEL DEPARTAMENTO DE HISTORIA DE AMÉRICA (U. DE SEVILLA, ESPAÑA) Y "ENTRE LAS HUELLAS DE LA INDIA CATALINA"

Dra. María del Carmen Gómez
Dra. María del Carmen Gómez
Profesora titular y Secretaria Académica del Departamento
de Historia de América de la Universidad de Sevilla (España).

Presentanción al libro "Entre las huellas de la India Catalina".
UNA HISTORIA DE LA CONQUISTA: CATALINA Y CARTAGENA DE INDIAS

Corría el año de 1532. Un grupo de españoles, la mayor parte de ellos asentados en la isla de Santo Domingo, comerciantes, empresarios y tratantes en las actividades mercantiles y comerciales de las islas, implicados en la aún incipiente trata negrera, señores de ingenios, tierras y esclavos, buscadores insaciables de riquezas, conquistadores y exploradores experimentados en el conocimiento de las nuevas tierras y, sin duda, poco ajenos «a tratos y contratos de dudosa legalidad», se alistaban bajo las órdenes de Don  Pedro de Heredia. El objetivo era la conquista y poblamiento «desde el río Grande que está entre la provincia de Santa Marta hasta el río Grande que está en Urabá, unas setenta leguas de costa con las isletas que confinan con la dicha tierra». Eran los límites aproximados de la futura Gobernación de Cartagena de Indias. El capitán de esta expedición, Pedro de Heredia, hombre controvertido, y al mismo tiempo ignorado hasta su protagonismo indiscutible en la fundación de Cartagena de Indias y en la posterior conquista de la Gobernación del mismo nombre, conocía sin embargo muy bien las tierras y costas vecinas puesto que, después de varios años en Santo Domingo, anduvo por la Gobernación de Santa Marta como teniente de Gobernador de Pedro de Vadillo y, aunque buena parte de su vida está llena de interrogantes y silencios, es muy probable que hubiera tenido ciertos contactos con algunos de los grupos indígenas que habitaban el territorio de su futura Gobernación.

Sin duda, no le resultó difícil a Don Pedro organizar su ansiado viaje. Sin entrar en detalles que no proceden en esta presentación, Don Pedro, con casi 300 hombres, de la ribera del Guadalquivir y de las recias Castillas en su mayor parte, desembarcaba en la bahía de Cartagena el 14 de enero de 1533. En la nómina de sus acompañantes figuraba una frágil india, al parecer natural de Cartagena, de donde fue arrancada brutalmente, aun muy niña, por Diego de Nicuesa. Ella es la protagonista indiscutible, el alma y la razón de ser de la magnífica obra del doctor Hernán Urbina Joiro, Entre las huellas de La India Catalina.

Conocí a Hernán en el mes de agosto de 2004, en una vacía y calurosa Sevilla, después de varios contactos por escrito. La búsqueda de Catalina lo trajo hasta las puertas de mi casa y de mi vida, porque podría decirse que su viaje fue providencial para mí ya que con él llegó también Cartagena y gracias a él, se ha producido mi reencuentro con esa bella ciudad y con tanta y tanta gente querida, ensoñada y admirada. En esas iniciales entrevistas, Hernán, con un entusiasmo y una fe admirables, fue desgranando poco a poco los datos que él ya poseía de su personaje, consiguiendo que Catalina fuera cobrando vida, una vida en muchos aspectos desconocida y, sobre todo, llena de dudas, ya que tanto las fuentes como los cronistas e historiadores diferían en buena parte de la información sobre La India Catalina, llegándose incluso a dudar de su existencia.

Su actividad fue febril a pesar de los 45 grados sevillanos, trabajando incasablemente en el Archivo de Indias, en las bibliotecas americanistas de la ciudad y compartiendo sus dudas y descubrimientos mientras paseábamos por las calles de la ciudad del Guadalquivir. Sin duda, cuando Hernán volvió a Cartagena, este libro ya estaba escrito en su corazón y en su mente.
Curiosamente, Hernán es medico, y yo diría que un gran medico. Doctor en Medicina Interna y Reumatología, ha publicado alrededor de unos veinte trabajos de investigación sobre su especialidad; ha participado en variados congresos y reuniones científicas y ha ganado en Colombia dos Premios Nacionales de Medicina por sus investigaciones. Además ejerce la medicina con absoluta entrega a sus pacientes. Yo pude comprobarlo personalmente en Cartagena. Sin embargo, sus pasiones son la literatura y la música. Este columnista y colaborador de varios periódicos como El Universal, El Meridiano de Córdoba, el Tiempo y el Heraldo entre otros, con casi 170 trabajos sobre los más variados temas, es autor de cuentos, ensayos y poeta vallenato desde los 11 años, con una extensa obra musical, cantada por los mejores intérpretes colombianos. Y no se me puede olvidar: Es miembro correspondiente de la Academia de la Historia de Cartagena de Indias.

Este hombre científico, poeta, periodista y escritor, es hoy por hoy el más profundo conocedor de la triste, pero también fascinante historia de La India Catalina, quizás, hasta cierto punto, La Malinche de Colombia, casada con un distinguido miembro de la hueste, posiblemente odiada por su propia gente... Una turbulenta y habitual historia de una de las indias de la conquista, condenada como tantas otras al olvido. Solo la fe y el tesón de Hernán Urbina y, como no reseñarlo, la interesante polémica desarrollada, fundamentalmente, en Cartagena por personajes de la talla de Héctor Lombana, Eladio Gil Zambrana, Víctor Nieto y Eduardo Lemaitre entre otros, han hecho posible el que podamos seguir las huellas de La India Catalina.

La historia de Cartagena tiene ahora un nuevo aporte destacado, pues a pesar de que esta obra es fundamentalmente un ensayo, el autor revisa documentos del Archivo de Indias, datos de los cronistas y hace continuas referencias a un buen listado bibliográfico. Pero, además, esta hermosa obra refleja en cada una de sus paginas ese profundo amor que Hernán siente por Cartagena, esa ciudad que también ha vivido en mis sueños y en mi corazón durante tantos años y que de nuevo forma parte activa de mi vida personal y profesional.

Yo me siento tremendamente honrada por haber sido elegida para presentar esta magnífica obra junto a personajes tan queridos e ilustres como el doctor Vicente Martínez Emiliani, y el propio autor, mi entrañable amigo Hernán Urbina Joiro. Espero que entre todos los enamorados de la historia de Cartagena y de ella misma, logremos ir desentrañando otras historias menudas, sencillas o turbulentas de personajes polémicos, ignorados o enterrados. Con todas ellas podremos conocer mejor a los hombres y mujeres de la época y, sin duda, a nosotros mismos. 

Dra. MARÍA DEL CARMEN GÓMEZ
Sevilla, 16 de enero de 2006.

PRESIDENTE DE LA ACADEMIA DE LA HISTORIA DE CARTAGENA PROLOGA LIBRO "ENTRE LAS HUELLAS DE LA INDIA CATALINA" DE URBINA JOIRO


Dr. Vicente Martínez Emiliani
Presidente de la Academia de Historia de Cartagena de Indias

EL RESCATE DE LA INDIA CATALINA.

            Con la paciencia de un entomólogo y la curiosidad de un avezado investigador de la historia, que lo es en el más estricto sentido del vocablo, Hernán Urbina Joiro rescató la existencia cierta de La India Catalina, desdibujada y semiperdida en los entreveros de su misma leyenda.  Para lograr su cometido, no hubo esfuerzo que esquivara, ni viaje que no emprendiera ni dificultad que no superara con ejemplares perseverancia y decisión.  Escarbó en las tierras que sirvieron de escenario a los primeros años de vida de su personaje, husmeó en testimonios de los viejos cronistas de América y consultó las antiguas y las nuevas versiones sobre la «lengua» que llegó con Pedro de Heredia al desembarcar, con ánimo y títulos de conquistador, en las playas de Cartagena el 13 de enero de 1533.

            La búsqueda de la verdad sobre La India Catalina constituyó una fijación para Hernán Urbina, desde el despertar, ya lejano, de su apego al conocimiento de la Historia que, a través de su fecunda existencia, ha marchado al lado de su afición por la música, que lo convirtió en el consagrado poeta vallenato, y de su insobornable dedicación a la medicina, como doctor que es en Medicina Interna y Reumatología. Por eso, bien pudo afirmar la consagrada escritora Carmen Gómez Pérez, historiadora y profesora universitaria, y miembro correspondiente de la Academia de Historia de Cartagena, que cuando Hernán regresó de Sevilla, donde estudió sin reposo en el Archivo General de Indias, que guarda en miles de libros y de infolios el tesoro del pasado americano, «este libro estaba en su corazón y en su mente».

            Entre las huellas de la India Catalina no es, simplemente, un intento biográfico sobre un personaje difuminado en el tiempo.  En su exacto valor literario e historiográfico hay que considerarlo como la recuperación de los principales perfiles de un ser cuyos contornos no habían sido precisados y cuyo nombre había ingresado al mundo mágico de lo mítico e inasible.

            Catalina se encuentra en las cartas, ya borrosas y polvorientas, escritas por Pedro de Heredia al emperador Carlos V, en 1533, e, inmediatamente después, en las páginas de Juan de Castellanos en su Elegía de Varones Ilustres de Indias, y en Gonzalo Fernando Oviedo y Fray Pedro Simón y el Alguacil Mayor de Cartagena (1533), Alvaro de Torres.  Pero en ninguna de ellas se le describe con precisión. Ya en el amanecer del siglo XX se ocupan de su vida Eduardo Gutiérrez de Piñeres y Camilo S. Delgado.  Este último, sin abandonar hechos reales, deja volar su prodigiosa imaginación y crea más de una situación de perfiles legendarios.  Pero no se ve con claridad, en ninguno de los documentos citados, la existencia de quien fue acompañante, que no compañera, del fundador de Cartagena. Tal, una de las razones por las que adquiere especial relevancia la obra de Hernán Urbina, que logra describir, en serie, apenas interrumpida de secuencias, la realidad del personaje.

            A Catalina, por su papel como colaboradora de los españoles en la conquista, se la ha comparado con la «Malinche» de Méjico, traductora y amante de Hernán Cortes.  Pero sus actuaciones tienen diferentes orígenes.  Catalina fue raptada en 1509, cuando todavía era una niña, por Diego de Nicuesa, en la hoy Galerazamba, y conducida a Santo Domingo, donde vivió más de veinte años y adquirió los hábitos, costumbres y creencias religiosas de sus captores.  Reformada, en su espíritu, en su fe, en sus valores y en sus sueños, al regresar a las vecindades de su solar nativo y ser escogida en Gayra, por Pedro de Heredia, como «lengua» y ayuda en la conquista, sin duda estaba convencida de la verdad y las bondades del cristianismo, y apegada al estilo de vida de los españoles. Lo que explicaría su franca colaboración en la labor de convencer y cristianizar a sus hermanos de raza, sumidos en el más crudo paganismo.

            El caso de «Malinche», llamada «Doña Marina» por los compañeros de Cortés, según versión de Bernal Díaz del Castillo, es muy diferente. «Malinche» pertenecía a familia de posición sobresaliente en su tribu. Muy joven todavía fue apartada de su casa y vendida como sierva o esclava.  De ahí se puede inferir que su colaboración con los invasores, en principio, pudo estar fundada en un enorme resentimiento y en un belicoso ánimo de venganza. Mucho después se convirtió en aliada sincera de los conquistadores y en amante de Cortés con quien tuvo un hijo. Los dos casos, pues, no son iguales. Además, acerca de «Malinche» existen mil y un testimonios detallados que permitieron, desde siempre, conocer su vida y sus andanzas.

            La ayuda de Catalina a la llegada y el accionar de Heredia tuvo indudable significación, aunque no adquirió los perfiles, a veces aproximados al sacrificio, de «Malinche», de la que uno de sus instantes cimeros fue su actuación en los episodios que desembocaron en la huida de los españoles de Tenochtitlan, conocida con el nombre de la «Noche Triste».  Pero la india de Galerazamba se desempeñó como valioso aporte al éxito de Heredia. La presente obra de Hernán permite conocer, con mayores elementos ligados entre sí y más fundados criterios históricos, la existencia de un personaje real, difuminado por el tiempo y nimbado por la leyenda.       

Doctor Vicente Martínez Emiliani
Cartagena de Indias, 29 de marzo de 2006.

EL MAESTRO RAFAEL ESCALONA PROLOGA EL ENSAYO "LIRICA VALLENATA" DE HERNÁN URBINA JOIRO

Maestro Rafael Escalona entrañable amigo de Hernán Urbina Joiro
Maestro Rafael Escalona

Vengo de regreso por el camino ineludible de los almanaques que nos pasean por los días, los meses, los años y hasta por los siglos. Si fui bueno, fui bueno. Si fui malo, fui malo. Ustedes y la historia lo dirán. Pero el haber ido y regresado me dio algo que no me genera duda: he visto. Mejor aún, he oído, y más allá de si fui o no fui, puedo hablar de lo que me dejaron bien o mal oír, que para mí, por tratarse de vallenato, es igual a vivir o mal vivir.

Siempre me preocupé por quiénes recogerían las banderas del vallenato cuando ya no existieran Chico Bolaño, Juan Muñoz, Tobías Enrique Pumarejo, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Leandro Díaz y tantos grandes y también, ya se me estaba olvidando..., un tal Escalona.

Después de que el trompo está hecho, cualquiera lo baila y para eso sí que sobra gente; lo difícil es hacer el trompo. Varios de mis temores se cumplieron; ahora vemos bailar y cantar en cualquier esquina de Valledupar, en cualquier pueblo, bajo cualquier palo de mango, locuras de canciones que no tienen nada que ver con nuestra música. Es un lloriqueo arrancherado, que dice de todo menos de vallenato. Lo único que les falta decir, en vez del ¡Ay, hombe¡ a lo vallenato, es: ¡Ay Jalisco, no te rajes! He sido sensible y, si se quiere decir también, muy sentimental con todo esto; mucho de lo que ha pasado con nuestro folclor me duele y ha exprimido mis sentimientos, lo mismo que a la «Cacica» y a muchos, pero a muchos vallenatos. Esto lo comentábamos con ella antes de su dolorosa muerte.

Un estudioso como el doctor Hernán Urbina Joiro ha denominado fusiones a esos mamarrachos llorones que otros cantan y no dudo un segundo los fundamentos de su concepto. Paradójicamente, esas fusiones nos separan notablemente, nos distancian, folclórica y culturalmente, de lo que se reconoce aquí, en toda Colombia y en Carfarnaúm, como vallenato.

Allá por el año mil novecientos sesenta y tantos, un ilustre patriarca de Valledupar, don Evaristo Gutiérrez, me pidió que evaluara la primera canción que había hecho su hijo Gustavo Gutiérrez. Él, Gustavo, me la cantó y yo la oí. Después de oírla, le dije: «No tengo nada que corregirte. Con el tiempo, tú mismo te corregirás, aunque lo dudo, porque lo que haces lo haces muy bien». Esa canción se llama «La espina». Es como Gustavo: dulce, llena de sentimientos tiernos y bellos. Marca un estilo diferente al mío y a los vallenatos de ese entonces, y aun a los actuales. Y miren por qué se los digo: Yo para enamorar a una muchacha, para decirle que tiene los ojos bonitos, le digo: «Tienes los ojos fregadores». En cambio, el «Gustaveta» –como lo bautizó Jaime Molina– suelta unos versos largos que hacen sangrar las espinas del camino y luego las acaricia para volver a sangrar. A mí me fue bien con mi estilo; estoy seguro de que a «Tavo» también con el suyo; aunque lo domine la tristeza. Después de verte y oírte por más de 40 años, ya sé que es imposible corregirte. ¡Flaco de Oro! Que sigas cantando tan hondo, tan bello, tan triste, y tan vallenato como pocos pueden hacerlo.

Hay lágrimas que tallan como las que lloran las espermas y al rendir este homenaje a Gustavo Gutiérrez, es el momento para referirme al doctor Hernán Urbina Joiro, a quien muchos amigos y a mí nos gusta cariñosamente llamar «Nacho» Urbina, médico eminente, uno de nuestros más altos bardos vallenatos y que mucho tiene que ver y decir sobre Gustavo Gutiérrez en su lírica escuela. Lo considero como uno de los más autorizados críticos y comentaristas del vallenato actual. Él es de los que dicen que mi estilo es narrativo, crítico, y lleno de picardía, aunque a veces también me ha visto triste, quizá no advierte, como muchos, mis lágrimas secretas por tantas cosas del mundo, que me impulsaron a hacer otras cosas que después a los demás les han parecido bellas. ¡Lo que pasa es que a veces no me dio o no me da la gana de llorar cantando! con excepciones, como en el canto a Jaime Molina, con mi «Arco iris», al que Jaime le pintó en el fondo una cruz, o en «La golondrina», con la que vagué cantando desterrado por amor en La Guajira.

No me sorprendió la altísima calidad de este ensayo, Lírica Vallenata, porque sabía de quién provenía. En mi concepto, es de lo mejor que he leído sobre vallenato, tal vez al lado de la obra de Tomás Darío Gutiérrez, eminente y gran investigador vallenatólogo. Elogio la profundidad, claridad y grandeza con que el doctor «Nacho» analiza los fenómenos del vallenato de estos últimos cuarenta años; él deja muy en claro que «una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa» como dice el doctor López; por eso hay que hacer justicia histórica y folclórica a la obra de «Tavo» Gutiérrez, de Fredy Molina, «El Pibe» Durán, Octavio Daza, Rita Fernández, los Hermanos Calderón, Fernando Dangond y tantos otros grandes autores que se me pueden escapar.

Apoyo la propuesta para que se reconozca este estilo romántico como un género aparte en los concursos de las canciones inéditas. Exaltemos a ese paseo lírico como lo llama «Nacho», el de Gustavo y sus alumnos, pero no a esas fusiones que nos separan del vallenato verdadero. ¡Me parece bien lo de un quinto ritmo en las canciones inéditas! En las competencias de acordeoneros durante el Festival Vallenato, lo que se mide es la ejecución y los géneros musicales románticos no se prestan bien para eso.

Exaltemos en el concurso de compositores esas lágrimas que crean como las espermas luego de iluminar. Las otras lágrimas que se vayan al río Guatapurí y al Cesar, y de allí al mar a oxidar los barcos de otros mundos porque ya mucho han corroído el folclor vallenato. Sostengo lo que dije en el Teatro Colón en el año 1992: Las banderas del vallenato están seguras en las manos de Gustavo Gutiérrez y su buena escuela. En otras distintas: no lo sé.

Dios bendiga a «Tavo», nuestro «Flaco de Oro», a su obra y a los que lo siguen con buen corazón vallenato y Dios bendiga a la «Cacica» Consuelo, que desde el Cielo nos está mirando y los está aplaudiendo.

RAFAEL ESCALONA
Bogotá, 3 de agosto de 2003.

 

EL MÁS EMBLEMÁTICO MÉDICO COLOMBIANO DE LAS ÚLTIMAS DÉCADAS COMENTA UN ENSAYO DE HERNÁN URBINA JOIRO

Vídeo: 


Dr. José Felix Patiño Restrepo

¿Atención de la salud o negocio?
DIARIO EL ESPECTADOR. Opinión. 18 Mayo 2011

 El ilustre Secretario Perpetuo de la Academia de Medicina de Cartagena, Hernán Urbina Joiro, autor de Humanidad ahora, libro próximo a aparecer, comienza así su artículo 'Bastones confundidos': "En un extraño momento el bastón de Asclepio, dios de la medicina, fue cambiado por el caduceo de Mercurio, dios del comercio".

URBINA JOIRO FUE ASCENDIDO A MIEMBRO DE NÚMERO Y CONFIRMADO COMO SECRETARIO GENERAL DE LA ACADEMIA DE MEDICINA DE CARTAGENA

Hanan Urbina Joiro, nueo secretario general

                   Dr. Guillermo Valencia Abdala, doctor Hernán Urbina Joiro, doctor Miguel Ghisays y el Maestro Alfredo Guerrero

VIDEO: URBINA JOIRO ES PRESENTADO COMO SECRETARIO GENERAL DE LA ACADEMIA DE MEDICINA DE CARTAGENA

El Académico, doctor Miguel Ghisays, hizo un bellísimo análisis del ensayo "Del lenguaje del sufrimiento" (escrito por el doctor Hernán Urbina Joiro) y leyó a los asistentes un resumen de la trayectoria del doctor Urbina Joiro, nuevo Miembro de Número y Secretario General de la Academia de Medicina de Cartagena (Colombia).

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