LA DIGNIDAD COMO COARTADA


Juicio del Rey Salomón sobre un niño

El tema del aborto es difícil porque tiene además hondas implicaciones éticas y filosóficas. Donde no existen teocracias este no debería ser un debate religioso como tampoco debe ser cuestión de una minoría de parlamentarios o magistrados que decreta para toda una sociedad un “sí” o un “no”. Este debate con tantos alcances debería darse, apropiadamente, en todos los sectores posibles de la sociedad.

Pero podemos partir de un concepto generalmente aceptado: la vida no es en todos los casos —aunque sí en casi todos— un derecho absoluto y basta examinar dos situaciones: cuando se actúa en defensa de la vida propia o cuando la madre alberga un feto inviable que pone en grave riesgo a la madre misma. Este último caso, por el que se practica un aborto en la mayoría de países, no requiere mucho debate para ser aceptable. En cambio sí hay mucho que debatir en el caso de una mujer que se embaraza conscientemente y luego decide no seguir adelante con la gestación porque no tiene tiempo o ganas y, para abortar, aduce el respeto a su “dignidad”. 

Cada persona debe tener dominio total sobre sus gametos y órganos sexuales. Si lo desea, puede hacerse una vasectomía, tomar anticonceptivos e incluso puede castrarse, pero ya no resulta sencillo que solicite la muerte de otro ser humano, del cual al menos la mitad de los genes no le pertenece, un ser humano distinto —no se trata de una de las trompas de Falopio alargada—, de “otro ser” que ya tiene para desplegar “otra conciencia”, “otro yo”.

La solución al grave problema del aborto clandestino no será la liberación del aborto en las clínicas, como tampoco será solución a las adicciones la liberación del consumo de drogas. Hay que encontrar salidas más sensatas que sólo decir: “Sálvese el que pueda”.

El alquiler de vientres nos está diciendo muchas cosas, entre ellas que el útero es un lugar de paso y que podría tratarse o no de un pariente genético el que allí se hospeda, pero que por ese servicio no se adquiere el derecho de disponer de la vida del inquilino. Quizás debamos evitar alojar a ese huésped indeseado utilizando responsablemente, con información por educación, todos los métodos anticonceptivos de que disponemos y cuánto antes si ha habido una violación. En esto El Vaticano también se ha equivocado.

Pero si ya se alojó en nuestra casa, tal vez debamos gestionar para que viva en otro lado, con otra gente, pero no matarlo por haber llegado a nuestra residencia. Como en la historia del Rey Salomón, siempre habrá alguien capaz de hacer cualquier sacrificio para preservar la vida de un niño no deseado —como lo fue Steve Jobs—, y vivir con él. Tal vez necesitamos más personas con esa actitud.

En todo esto hay un serio conflicto de derechos fundamentales de la madre, del hijo y también del padre, dueño del cincuenta por ciento del bebé, aunque muy poco suela opinar al respecto. ¿Y cuándo deja la madre de tener la potestad para quitarle la vida a su hijo? ¿A las 12 semanas? Pues, a los 9 meses todavía su hijo depende por completo de otros para sobrevivir. Tal vez el hijo sea competente para salir adelante en solitario después del año de vida, cuando ya pueda salir corriendo y quizás treparse a un árbol.

En el caso de los médicos que se niegan a cumplir la orden impartida de realizar un aborto, la posición de la filósofa Adela Cortina es una de las más sensatas: “Regular la objeción de conciencia del personal sanitario que se niega a eliminar lo que considera una vida humana resulta indispensable para no llegar a un Estado totalitario, que obliga a los ciudadanos a actuar en contra de su conciencia”.

La noción de dignidad humana puede servir de coartada para defensores y contrarios al aborto, que no es una conquista final o meta de nada: sigue siendo un momento bárbaro, como morir en aquellas hogueras de la Inquisición, es una cuestión que exige alcanzar otros avances en ciencias humanas e incluso en biotecnología que nos permita dejar esa necesidad atrás.

HERNÁN URBINA JOIRO
Médico y escritor
Cartagena de Indias, 15 de octubre de 2011. (También publicado en el diario El Tiempo).